NOTA: Catalina Iturriaga, Universidad Adolfo Ibañez
- En el Día Mundial del Libro Infantil, el académico de la Escuela de Psicología UAI,
Claudio Araya, explica por qué el ejemplo de los padres y la constancia breve son
herramientas más efectivas que la obligación para fomentar la salud mental y la
empatía en los más pequeños.
Imagine a un niño que, en lugar de pedir cinco minutos más frente a una pantalla, ruega por
cinco minutos más de un cuento antes de dormir. O mejor aún, imagine a ese mismo niño
«atrapando» a su padre o madre sumergido en una lectura silenciosa y decidiendo, por pura
curiosidad, imitar ese gesto de calma. En un mundo saturado de estímulos digitales, el acto
de abrir un libro se ha convertido en un refugio de bienestar que, según la ciencia y la
psicología, tiene efectos profundos no solo en el vocabulario, sino en la salud mental a largo
plazo.
Hoy, en el marco del Día Mundial del Libro Infantil -fecha que conmemora el nacimiento de
Hans Christian Andersen-, el foco se traslada de las aulas al hogar. Según explica Claudio
Araya, académico de la Escuela de Psicología de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI), la clave
del éxito lector no está en la cantidad de páginas devoradas, sino en la sistematicidad de un
hábito que puede nacer de un esfuerzo mínimo.
«Cultivar el hábito de la lectura, especialmente desde la temprana infancia, puede
transformar nuestro mundo. Practicar o dedicar cinco minutos al día a leer, si lo hacemos
sistemáticamente desde niños, hace que la lectura se transforme en un hábito y eso permite
desarrollar habilidades que hoy son fundamentales: la imaginación, el pensamiento crítico,
la reflexión y el diálogo. Creo que vale la pena cultivar este hábito porque su valor
sistemático transforma nuestras vidas y el modo en que nos relacionamos con los demás»,
afirma el académico.
La ciencia respalda esta visión de «micropasos». Investigaciones recientes publicadas en
plataformas como Healthline y un análisis de 2024 sobre la iniciativa Reading for Wellbeing
(RfW) demuestran que leer por placer aumenta la autoeficacia y la sensación de conexión
social. No se trata solo de aprender palabras nuevas, sino de fortalecer la salud mental al
reducir la ansiedad y los síntomas depresivos mediante una rutina estructurada que otorga
estabilidad emocional.
Sin embargo, el gran desafío para los adultos es cómo motivar sin imponer. Los datos son
claros: un hábito nuevo puede tardar entre dos y cinco meses en consolidarse, con un
promedio de 66 días para volverse automático. Para Araya, el motor principal no es la
instrucción, sino el entorno. El académico subraya que los niños que aprenden a disfrutar de
la lectura lo hacen porque comparten espacios con adultos que también disfrutan y
demuestran ese placer de forma natural.
Transformar la lectura en un espacio de relajo compartido, visitando bibliotecas o
permitiendo que los niños elijan sus propios temas -desde misterios deportivos hasta
cuentos con ilustraciones llamativas-, ayuda a superar la «fatiga de decisión» y el rechazo a
lo obligatorio. Al final, esos cinco minutos diarios actúan como un entrenamiento para el
cerebro y el corazón, permitiendo que las nuevas generaciones no solo lean mejor, sino que
comprendan el mundo con una mayor dosis de empatía y serenidad.

